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calceteiros" portugueses

Los “calceteiros” portugueses, ¿un oficio con los días contados?

Pedro Talet Cara. Lisboa, 11 abr (EFE).- Una de las profesiones con más tradición de Portugal, la de los “calceteiros”, encargados de construir piedra a piedra los caminos del país luso, tiene que reinventarse para asegurar su supervivencia.

La histórica “calçada portuguesa” es resultado de un trabajo duro, que ya “no atrae mucho a los más jóvenes”, explica en una entrevista con Efe Ana Baptista, una de las responsables de la “Escola de Calceteiros”.

La escuela es un proyecto del Ayuntamiento de Lisboa que nació en 1986 con dos objetivos fundamentales: formar a nuevos profesionales y dar conocer, sobre todo al público infantil, en qué consiste este trabajo y su importancia para la sociedad portuguesa.

La historia de la calzada portuguesa, tal y como se conoce ahora, se remonta a 1842, cuando el gobernador de armas del castillo de San Jorge pidió que se pavimentara una parte del cuartel, un trabajo que fue realizado por un grupo de reclusos y al que, años más tarde, le siguió el empedrado de la céntrica plaza de Rossio.

La actividad se profesionalizó y hace casi un siglo Lisboa contaba con cientos de “calceteiros” mientras que hoy apenas llegan a la veintena, distribuidos en cuatro brigadas.

Pese a los esfuerzos de la “Escola”, el encargado de las brigadas de “calceteiros” lisboetas, Paulo Almeida, que ingresó en la institución el mismo año de su fundación, admite a Efe que la plantilla actual procede de las primeras promociones.

“Los más jóvenes tienen cincuenta años y treinta de servicio. Hay que renovar”, apunta.

“Ahora se va a abrir un concurso para que entren diez personas”, adelanta, antes de aclarar que es un proceso “lento” por tratarse de una entidad pública.

Las condiciones económicas tampoco ayudan a atraer a los jóvenes. El sueldo inicial es de 635 euros, el salario mínimo para la función pública en Portugal.

La “Escola de Calceteiros” solo cuenta hoy con tres aprendices de Letonia -con una estancia temporal gracias a programas internacionales-, y un par de alumnos lusos.

La escuela, la única que existe de este tipo en Portugal, fue durante unos años una alternativa que garantizaba empleo en el Ayuntamiento de Lisboa para los alumnos que, ahora, sin embargo, acuden a ella para mejorar su formación y encontrar trabajo en otros sitios.

Desde su creación, por sus talleres de formación han pasado 238 alumnos, de los cuales más del 90 % no fueron contratados por el municipio.

Sus cursos se dirigen a alumnos de todas las edades, aunque la mayoría son desempleados de larga duración o jóvenes que apuestan por la formación profesional después de abandonar sus estudios.

Para Baptista, las actividades de sensibilización de la escuela son claves: “Hay que promocionar la calzada entre los niños, explicar el proceso, potenciar la parte creativa y entretenida del oficio”.

Almeida, por su parte, subraya la necesidad de rejuvenecer la brigada de “calceteiros” y garantizar su futuro a largo plazo, porque realizan una labor “fundamental” para la ciudad.

“Nosotros tenemos trabajo todo el año. Cuando no son reparaciones, son trabajos de conservación”, señala antes de afirmar, en tono socarrón, que las personas “no tienen noción de cuánto cuesta el suelo que pisan”.

Tanto Baptista como Almeida confían en que las instituciones acierten y logren incentivar a las nuevas generaciones para que este oficio no se pierda.

“Es una de las señas de identidad del paisaje urbano de Portugal”, resumen. EFE

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